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Un Luvina en el corazón

Cyntia Moncada. Foto: Especial

Cyntia Moncada. Foto: Especial

22 de Junio 2022

Cyntia Moncada

                                                                                   Para mi primer lector, a tres años

Muchas veces hicimos el mismo recorrido para atravesar las montañas, primero en tren, cuando era niña, y luego en coche. A veces acompañados y otras solos, de día y de noche. Pasamos mucho tiempo en silencio, absortos en el desierto, extraviamos la mirada en las montañas que amurallan nuestra casa. El silencio era también una muestra de cariño.

Pero recorrer tantos kilómetros nos dio tiempo de cantar y reír, de hablar sin parar (yo), de bombardearte con preguntas y planes, de mirar amaneceres y atardeceres, de inventar historias, de leer en voz alta el fragmento de algún libro y de observar.

Recuerdo que una de las tantas veces que pasamos por Fraustro –ese pueblito junto a Paredón–  te dije que parecía nombre de pueblo fantasma. Tú sonreíste, hiciste una pausa y luego me dijiste que era un cuento de Juan Rulfo. Yo nunca lo había leído, así que no tardé mucho en conseguir El Llano en Llamas para saber a qué te referías y seguir la conversación. Nunca apareció un pueblo llamado Fraustro, pero encontré muchos guiños, a Castaños, a los pueblos que recorrimos cuando viajábamos en tren, a personajes de los que me contaba la abuela y, finalmente, cuando leí “Luvina” supe de lo que hablabas:

Por cualquier lado que se le mire, Luvina es un lugar muy triste. Usted que va para allá se dará cuenta. Yo diría que es el lugar donde anida la tristeza. Donde no se conoce la sonrisa, como si a toda la gente le hubieran entablado la cara. Y usted, si quiere, puede ver esa tristeza a la hora que quiera. El aire que allí sopla la revuelve, pero no se la lleva nunca. Está ahí como si allí hubiera nacido. Y hasta se puede probar y sentir, porque está siempre encima de uno, apretada contra de uno, y porque es oprimente como una gran cataplasma sobre la viva carne del corazón…

Desde la carretera Fraustro parece un pueblo sumergido en el polvo y la tristeza. Así que desde entonces lo bautizamos como el pueblo de Rulfo. Muchos años después, por trabajo y curiosidad, visité otros “Luvina”, pueblos silenciosos perdidos en el desierto, con nombres nostálgicos como Anhelo.  Escribí de aquellos viejos cuya única misión era vigilar la salida y la puesta de sol, hombres y mujeres aferrados al pueblo y a sus muertos. Hasta allá me llevó ese hilito que jalaste: a coleccionar historias de pueblos tristes.

Cuando moriste, papá, se me metió un Luvina en el corazón, una tristeza como tierra finita que se cuela por cada rincón del cuerpo siempre que puede y que me obliga a respirar profundo varias veces porque siento que el aire no me alcanza. Una tristeza que se revuelve con el paso de los días pero nunca se va.

Me sacaron del mundo, me lanzaron a un remolino y hoy volví a caer sin saber bien dónde estoy parada, pero nos quedan las letras, ese código en el que podíamos comunicarnos tan bien. Te escribiré siempre, nunca dejes de leerme, de ser mi más fiel y amoroso lector. Mándame señales, háblame quedito al oído que no te he dejado de escuchar.