Recuerdos de infancia y una tradición que abre nuevas oportunidades para Saltillo

¡Hola! Muy buenos días, tardes o noches, dependiendo la hora en que me lean. Este fin de semana, la fiesta del rodeo en Saltillo me lleva de regreso a mi infancia. A las tiendas familiares del centro, a los sombreros y las botas, y a un nombre que bastaba para echar a volar mi imaginación: el toro Óscar. A veces, para explicar lo que una tradición significa en nuestra vida, hay que empezar por esos recuerdos que siguen acompañándonos muchos años después. Vengo de una familia de comerciantes. Desde muy niño, pasaba buena parte de mi vida, de los fines de semana y las vacaciones en los negocios familiares del centro de Saltillo. Ahí se vendían sombreros, camisas, pantalones, cintos, botas y todo lo relacionado con la vestimenta vaquera. Ese mundo formaba parte de mi entorno cotidiano, de las conversaciones que escuchaba y de la gente con la que convivía. Entre aquellos mostradores fui conociendo también a mi ciudad. Veía cómo las personas escogían un sombrero, buscaban una camisa o se probaban unas botas. Para muchos, esas prendas eran parte de su trabajo; para otros, de su gusto y de su manera de presentarse ante el mundo. Para mí, eran parte de la vida familiar. Crecí caminando, conviviendo y respirando el tema vaquero. Recuerdo especialmente cuando salíamos a caminar por las calles del centro y encontraba anuncios sobre las presentaciones del toro Óscar. En mi memoria de niño, era el toro invencible al que nadie podía aguantarle los ocho segundos. Su nombre despertaba preguntas y llenaba mi cabeza de escenas: la arena, los reparos, la emoción del público y el vaquero intentando completar la monta. Me parecía increíble imaginar que alguien pudiera lograrlo. Aunque, si soy honesto, en aquellas fantasías yo le iba más al toro que al jinete. Quería que Óscar siguiera invicto, que conservara esa condición de leyenda que tenía para mí. Había algo fascinante en pensar que, por más intentos que hubiera, aquel animal pudiera seguir siendo el protagonista de la siguiente gran expectativa. Al buscar referencias para escribir esta columna, encontré una crónica que recuerda cómo sus montas se anunciaban en pizarrones, principalmente en la calle Victoria y en la plaza Manuel Acuña. También relata que llegó a ser destronado. Mi recuerdo infantil se quedó con aquella impresión de invencibilidad. Así funciona a veces la memoria: guarda con especial fuerza la emoción que nos produjo una historia. Con el tiempo entendí que ese entusiasmo hablaba también de Saltillo. El rodeo tenía un lugar en las conversaciones y en la convivencia de muchas familias. El mundo vaquero conectaba el campo con la ciudad, las actividades de quienes trabajaban con ganado con las de quienes atendían un comercio. Yo lo conocí desde ese último espacio, acompañando a mi familia. Esa cercanía sigue presente en mi vida. Quienes me conocen saben que prácticamente todos los días uso botas y pantalón vaquero. La música del noreste y el country también me acompañan. Son gustos que han crecido conmigo y que me hacen sentir cercano a una parte de nuestra identidad. Muchas personas podrían contar su propia versión de esa relación, desde experiencias distintas y recuerdos igualmente entrañables. Por eso me da gusto ver cómo, gracias al impulso del gobernador Manolo Jiménez, la fiesta del rodeo ha ido creciendo y teniendo una proyección nacional e internacional. Me entusiasma que una tradición tan cercana a nuestra comunidad pueda atraer a personas de otros lugares y despertar su interés por Saltillo. Tenemos la oportunidad de compartir algo que conocemos, disfrutamos y hemos vivido durante generaciones. Ese crecimiento puede abrir oportunidades para el municipio. Un visitante puede hospedarse en un hotel, comer en un restaurante, recorrer el centro y comprar en un negocio local. Pienso en las familias comerciantes, en quienes levantan la cortina cada mañana y encuentran en su trabajo una manera de salir adelante. Lograr que la actividad del evento se extienda a la ciudad puede beneficiar a muchas de ellas. También podemos aprovechar esta atención para dar a conocer nuestra historia, nuestra gastronomía y la hospitalidad de nuestra gente. Quien llegue por el rodeo puede descubrir otros motivos para quedarse o regresar. Ahí hay una tarea compartida: recibir bien, ofrecer buenas experiencias y conseguir que el crecimiento de esta fiesta se traduzca en oportunidades para más saltillenses. Por eso quiero invitarlos a acercarse este fin de semana, a conocer esta tradición y a apreciar cómo ha evolucionado. Quienes han convivido con el mundo vaquero encontrarán motivos para reencontrarse con sus recuerdos. Quienes apenas se aproximan podrán descubrir una parte de la ciudad a través del deporte, la música y la convivencia. Yo conocí ese Saltillo entre sombreros, cintos y botas, acompañando a mi familia y soñando con un toro al que nadie pudiera vencer. Hoy celebro que podamos compartir esa parte de nuestra vida con más personas. Y, aunque hayan pasado los años, en algún rincón de mi memoria sigo siendo aquel niño que caminaba por el centro y le iba al toro Óscar. Saludos a todas y a todos y por aquí nos vemos la próxima semana.